Son las 8:10 de la mañana. Como todas las mañanas, coge el coche para ir a su trabajo. Vive en la cima de una colina que da al mar, a las afueras de la ciudad. Y, como todas las mañanas, cada vez que llega a la misma curva, allí está la niña. Es una niña pequeña, de no más de 5 años, con el pelo que le llega hasta los hombros, liso, de color castaño con reflejos rubios. Lleva ropa escolar, con su faldita a cuadros, su chaqueta con el escudo de su colegio privado, y con calcetas de color granate. Su tez es pálida, no sonríe, su boca sólo es una fina linea, demasiado tensa para una niña de su edad, y sus ojos... sus ojos son dos grandes esferas casi exclusivamente negras, excepto una fina línea blanca que las delimita. Y sólo le mira, en silencio.
Hace ya casi un año del accidente. La niña era la hija pequeña de sus vecinos, que viven más abajo en la colina. Esa mañana, él iba con prisas pues debía de coger un avión y llegaba tarde. La niña se dirigía, sola, a la parada de autobús para ir al colegio. Él no la vio mientras tomaba la curva a toda velocidad, y se la llevó por delante. Asustado, frenó y salió del coche. Se acercó a la niña y la observó, su cara angelical, sin ningún golpe aparente, pero cuando le tomó el pulso comprobó que estaba muerta. Nadie lo había visto y tomó la decisión cobarde de deshacerse del cuerpo de la pequeña, pues no quería ir a la cárcel por ello. Cogió a la niña y, en la curva al borde de la carretera, arrojó su cuerpo hacia el mar. Decidió seguir su camino y decidió coger el vuelo, intentando no pensar en lo acababa de hacer.
Estuvo una semana fuera de la ciudad, y cuando volvió comprobó que no habían encontrado el cadáver. La policía se puso en contacto con él, pero lo descartaron enseguida cuando supieron lo de su viaje. Por fin podía descansar en paz.
O eso era lo que creía. Cuando volvió, al día siguiente, y de camino a trabajar, al pasar por la misma curva vio por el retrovisor a la niña. Fue sólo un instante, el suficiente para que casi pierda el control del coche por el puro terror. Al principio pensó que era sólo su imaginación, su sentimiento de culpa, pero se volvió a repetir al día siguiente. Siempre a la misma hora, siempre al salir de casa para ir a trabajar, siempre en la misma curva. Y siempre se aparecía en el asiento trasero, a la derecha, por lo que él podía verla por el retrovisor.
Estuvo una semana fuera de la ciudad, y cuando volvió comprobó que no habían encontrado el cadáver. La policía se puso en contacto con él, pero lo descartaron enseguida cuando supieron lo de su viaje. Por fin podía descansar en paz.
O eso era lo que creía. Cuando volvió, al día siguiente, y de camino a trabajar, al pasar por la misma curva vio por el retrovisor a la niña. Fue sólo un instante, el suficiente para que casi pierda el control del coche por el puro terror. Al principio pensó que era sólo su imaginación, su sentimiento de culpa, pero se volvió a repetir al día siguiente. Siempre a la misma hora, siempre al salir de casa para ir a trabajar, siempre en la misma curva. Y siempre se aparecía en el asiento trasero, a la derecha, por lo que él podía verla por el retrovisor.
Al principio, intentó no pensar en ello y pasaba las noches intentando dormir a base de alcohol, drogas, mujeres y más alcohol, pero ella seguía ahí. La presencia de la niña se iba haciendo cada vez más corpórea y pasaba cada vez más tiempo en el coche, en el mismo lugar, en silencio mientras lo observaba. Al final, pensó él, ya era parte de su vida y debía asimilarlo.
Esa mañana, antes de coger el coche, había decidido dejar una nota en su casa, encima de la mesa de la cocina. Una nota en que confesaba lo que había hecho. Esa mañana, como siempre, tomó el coche y se dirigió colina abajo hacia la ciudad. La niña apareció de nuevo, pero esta vez no se encontraba en el asiento trasero sino en el asiento del copiloto. La pequeña de repente cogió el volante antes de llegar a la siguiente curva. Él no se lo impidió y aceleró. El coche siguió recto y saltó por el precipicio, cayendo al mar. Mientras el coche caía, él se sentía como si estuviera flotando, nunca había sentido algo tan placentero. El mar se iba acercando cada vez más, abarcándolo todo, y miró de nuevo a la niña. Ella lo miraba de forma intensa y su boca ya no era una fina línea, sino que sonreía. Él le devolvió la sonrisa en el momento exacto en que el coche chocaba contra la superficie del mar y se hundía en las oscuras aguas para siempre.
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